En verano solemos hablar del calor como una molestia: sudor, insomnio, cansancio, desgano. Sin embargo, la ciencia lleva tiempo advirtiendo que las altas temperaturas no solo afectan al cuerpo, sino también a la salud mental.

Más allá del fastidio: el impacto real

Un metaanálisis publicado en The Lancet (2023) reveló que durante los períodos de calor anormal aumentan las hospitalizaciones psiquiátricas y el riesgo de suicidio. Otro estudio en Nature Climate Change atribuyó al calor extremo alrededor del 2% de los casos de depresión, ansiedad y abuso de sustancias en Australia. Y en China, se comprobó que adolescentes expuestos a olas de calor tienen hasta un 13% más riesgo de depresión.

¿Por qué pasa esto?

Los investigadores apuntan a una combinación de factores:

  • Fisiológicos: el calor intenso altera hormonas, eleva la tensión cardiovascular y dificulta la concentración. Incluso algunos medicamentos psiquiátricos, como antidepresivos y antipsicóticos, reducen la capacidad del cuerpo para regular la temperatura.
  • Conductuales: el calor nos roba rutinas saludables. Dormimos peor, hacemos menos ejercicio y limitamos las actividades al aire libre.
  • Sociales: al encerrarnos para evitar el calor, también se reducen las interacciones y crece la sensación de aislamiento.

La desigualdad del calor

No todos sufrimos el calor por igual. Mientras algunos cuentan con aire acondicionado, piscinas o viajes a lugares frescos, otras personas —en barrios sobrepoblados, con poco verde y menos recursos— viven una “injusticia climática”. Allí, la canícula se convierte en un peso extra sobre la salud mental, amplificando la vulnerabilidad.

El caso más extremo es el de las personas sin hogar: sin refugios climatizados, quedan expuestas a un calor que no solo sofoca, también lastima la mente.

Cuidarnos en la ola de calor

El calor extremo es cada vez más frecuente, y con él la necesidad de proteger tanto el cuerpo como la mente. Algunas medidas simples ayudan: hidratarse, dormir en lugares frescos, evitar las horas de mayor exposición solar, mantener la actividad física en la medida de lo posible y, sobre todo, cuidar nuestras conexiones sociales.

Porque sí: el calor puede ser sofocante, pero el aislamiento y la soledad son aún peores.

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